Educación Popular y Paz

Artículo para el Boletín Educándo-nos No.23 

Escrito por: Siembra Colectiva de Educación Popular

“No puedes separar la paz de la libertad, porque nadie puede estar en paz a no ser que tenga su libertad.”- Malcolm X 

Parte fundamental de pensarse un proceso de educación popular es el reconocimiento de la práctica pedagógica como una práctica política que nos permita sentar posiciones frente a, por ejemplo, las coyunturas y los procesos sociopolíticos del país, el continente y el mundo. Así, como colectivos que hacemos educación popular en espacios urbanos, queremos aventurarnos a anotar algunas posiciones y reflexiones  sobre las diferentes formas en que la guerra y los acuerdos de paz han configurado y afectado la vida de los sectores populares.

La separación de lo rural y lo urbano ha sido instrumento central en el proceso de deslegitimación de las diferentes formas de resistencia y de lucha. Partir del diálogo cultural y del trabajo desde los territorios es construir las bases para la reconciliación; no con un propósito mercantil o desarrollista sino como una reconciliación, con conciencia de clase, que tenga como base el diálogo entre las diferentes realidades o sectores que viven distintas formas de opresión. La búsqueda, en últimas, de un proyecto político que junte y articule causas que han sido distanciadas por la guerra. No se pueden contraponer intereses que estarían del mismo lado. Es momento de acabar con el enfrentamiento entre sectores subalternos que, a veces, parece inherente a la guerra.

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La paz, en tal sentido, no parte únicamente de unas cuantas circunscripciones especiales o de la personería jurídica para el partido de las FARC. No es suficiente con la reforma de ciertas normas en la estructura del Estado para acabar con las contradicciones del capital ni mucho menos para hacer frente a las formas de opresión. El desafío será desarticular en la mente y en los corazones del país la idea del otro como el enemigo al que hay que exterminar. De ahí que las educadoras populares tengamos la tarea no solo de, por ejemplo, continuar con los procesos de alfabetización -en un país donde el 25% de la población campesina hoy no sabe leer y escribir-, sino que, además, debemos interpelar a los sectores subalternos para que, reconociendo su condición de opresión, construyan con las otras la acción política.

En ese sentido, el reconocimiento de las insurgencias como un actor político es, también, el reconocimiento de que la violencia tiene un carácter político. No con el propósito de decir que todas las formas de hacer política son inherentemente violentas, sino con el ánimo de entender que la historia de la violencia en Colombia esconde una realidad de disputas en lo político. Así, el bombardeo ordenado desde las instituciones estatales a la región de Marquetalia y la creación por decreto presidencial de la primera generación de paramilitares en el país son elementos que hablan de la forma estructural en la que se ha limitado y asesinado al contradictor en el campo de lo político.

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Pero la violencia no sólo funciona de forma directa o material; el actual salario mínimo, las alzas en los costos del servicio de transporte público, el congelamiento de la base presupuestal de las universidades públicas, son formas de violencia que afectan de manera diferenciada a la población en clave a elementos de raza, género y clase.

Así, hablar hoy de paz debe pasar por la solución directa de las problemáticas sociales. El conformismo y la despreocupación por lo que ocurre con los líderes y las lideresas sociales hace parte de una campaña de las élites y el Estado para quitarle importancia a la paz real  e imponer la construcción de una paz que se traduce en la ampliación y mantenimiento de la empresa privada, como bien lo afirmó Freire en Pedagogía del Oprimido:

“Para las élites dominadoras, esta rebeldía que las amenaza tiene solución en una mayor dominación -en la represión hecha, incluso, en nombre de la libertad y del establecimiento del orden y de la paz social. Paz social que, en el fondo, no es otra sino la paz privada de los dominadores.” (Freire, Pedagogía del Oprimido, pg. 59)

Esta paz de los dominadores que se erige en nuestra sociedad, parece ser una paz para la propiedad privada, para la empresa, para los latifundistas. Una pacificación de las voces reivindicativas, disidentes, transgresoras; no por nada se firmó el acuerdo con la FARC, pero el asesinato sistemático continua.

Por otro lado, y refiriéndonos al acceso a la educación superior pública -elemento central en los espacios educativos que hemos venido desarrollando desde hace más de siete años-, nos encontramos con que la forma en la que el Estado decide financiar la demanda genera desfinanciación en las instituciones de educación superior pública y, en ese sentido, se ve afectada la calidad. Las estudiantes[1] se ven, entonces, obligadas a continuar sus estudios mediante el crédito educativo debido a que las diferentes carreras de las universidades tienen unos costos muy altos en comparación con el ingreso en promedio de la clase trabajadora y, aquí, encontramos uno de los lastres con los que tienen que cargar las jóvenes de los sectores populares: la deuda. El adquirir una deuda para saldar una necesidad y un derecho reproduce el modelo de sociedad en el que sólo las clases dominantes tienen el privilegio de dedicarse a sus estudios de forma plena y sin la preocupación de las tasas de interés de dicha deuda.

En ese sentido, construir educación popular desde los Pre Universitarios Populares implica posicionar en el debate público el tema de la desigualdad en el acceso a la educación superior, relacionando dicha desigualdad con las diferentes formas de opresión. Construir estos procesos implica, también, crear y mantener procesos educativos que tengan como base la autonomía y la autogestión; separándolos, así, de las lógicas bancarias tradicionales.

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La apuesta desde la educación popular debe ir más allá del reconocimiento del fin del conflicto armado, debe lograr dar cuenta y atender los conflictos que se presentan en el campo de lo simbólico, lo político (y la política) y lo económico. La educación popular puede aportar a la articulación de las voces silenciadas, constituyéndose en una alternativa de corte anticapitalista, decolonial y antipatriarcal; jugando un papel protagónico en los procesos de transformación social. La educación popular no sólo debe aportar en la visibilización y el cuestionamiento de la forma arbitraria en la que se aglutinan los discursos (por ejemplo el que tiende a vincular el pensamiento crítico con el terrorismo), también, debe aportar a deconstruir la idea de que la única visión de mundo valida es la de la racionalidad blanca europea e ir valorando y recuperando otros saberes y concepciones de mundo.

Nuestros procesos de educación popular que trabajan, en su mayoría, con jóvenes, son claves a la hora de pensarnos la forma de responder a los problemas sociales a los que nos enfrentamos hoy. Desde nuestros trabajos de base proponemos la articulación de un proyecto político que se piense la educación emancipadora y popular como una forma eficaz de responder a las desigualdades.

 

Finalmente, queremos reconocer que una educación para la paz parte de la redefinición de nuestra relación con el territorio, de la construcción de tejido social en los barrios populares, de la articulación e integración de procesos en resistencia. Para construir una paz que pase por la superación de las contradicciones del capital es indispensable constituir, en el día a día, procesos educativos que nos acerquen a formar diferentes de ser, amar y construir.

“Ocurre, sin embargo, que la paz no se compra, la paz se vive en el acto realmente solidario y amoroso, que no puede ser asumido, ni puede encarnarse en la opresión.” Freire

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[1] Uso del femenino intencional para referirnos a las personas.

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